TRASLATE

08 diciembre, 2011

NADIE DECÍA NADA





Nevaba copiosamente en la ciudad. Era 22 de diciembre del año 2011 en la fábrica de Embalajes Madrid. De buena mañana, la fornida becaria, que apenas llevaba unas semanas entre nosotros, preparaba café para todos en la sala de descanso. Los del almacén se arremolinaban en torno a la televisión, parloteando en los sillones de cuero. También andaban por ahí, risueñas, varias de recursos humanos, y algún que otro vendedor adicto al juego, si la memoria no me falla.


Todos formaban un semicírculo en torno al televisor, en el que salían tres jovencitos uniformados ascendiendo en fila india hasta un gran escenario. Yo estaba detrás, donde las bandejas con galletas, pasando la fregona a un café derramado por el suelo. Mi turno ya había acabado hacía unos veinte minutos, pero en fin, no me importunó volver a por el cubo y la fregona, aunque no llevaba ya ni el mono de faena. Me quedé para ver el sorteo, con todos. Después de limpiar el café derramado me serviría yo mismo uno, pensé. Lo que son las cosas, carajo. Aquella mañana el Estado nos haría ricos, aunque entonces aún no sabíamos nada.

Terminé con la fregona y la devolví al cuarto de limpieza. Cerré la puerta y entonces fue cuando comencé a oír cierto griterío desde el salón. A medida que caminaba por el pasillo, las voces eran cada vez más intensas, desatadas, resonando con estridencia creciente por los falsos techos. Mi mente dudaba mientras mi corazón ya daba triples vueltas de campana divagando. Entré en la sala, con las sienes palpitándome rabiosas, y entonces vi a todo el mundo saltar y abrazarse, y sentí que mis ilusiones cristalizaron, mis buenos presagios se habían cumplido. En ese momento algo me punzaba en el pecho con violencia, pero no me importó, nos había tocado el Gordo de la Lotería Nacional. Achaqué el malestar a un achaque de la edad, al alegrón del premio. Un Gordo de la Loto no era para menos, todos llamaban por teléfono a sus casas, sabedores de que bien solucionaba un ERE que nos empezaba a destruir seriamente. Fue entonces que una especie de relámpago me electrificó de pies a cabeza, haciendo de mi alma un infarto.

Durante unos segundos me invadió un dolor insoportable, un pinzamiento vital extremo, como una chispa surcando el agua. Después de eso desapareció el dolor. Caí con torpeza lenta sobre la moqueta, y desde el suelo pude observar cómo el bullicio se iba atenuando poco a poco.

          Ya en silencio, un nuevo corro se formaba a mi alrededor, tendido y moribundo. No podía mover un solo músculo, pero los distinguía a todos de fondo, como en un segundo plano. Entonces vi cómo una figura se agachaba a mi lado. Podía oír sus pasos, su respiración entrecortada. Se acercó a mi cara y me miró fijamente. Concluyó no ver ya vida en mí tras sondear mis ojos, sedados, insensibles ya, o casi. Mi cuerpo estaba inmerso en una tormenta de dolor mudo, estático, pero aún distinguía a aquel hombre. Alzó la cabeza, dirigiendo una mirada a todos los presentes, y metió la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta. Sacó mi boleto premiado y lo trituró ante los ojos de todos. Los míos perdían foco exponen-cialmente; mi cerebro, colapsado, desconectando poco a poco mi visión. Mientras palmaba, alcancé a ver cómo todos me observaban, en silencio, cómo nadie decía nada.

29 noviembre, 2011

LUTO EMBARRADO



          Silba el mozo ante el camino
          alegres voces del pasado,
          voces sabias inscritas,
          letradas sobre el cielo blanco,
          decidido el texto a alegrarle
          a aquel pimpollo el mal trago.
          
          De un salto bajose del carro.
          Miró al fondo, la arboleda,
          las casuelas, el campanario,
          y caminaba preparando el gesto,
          la tez de sobrino enlutado.

          Tomo en mano, de ciencia armado,
          los grandes banquetes jamás lo agradaron.
          Pero qué sabrá él, de lo divino y lo pagano,
          si en su corta existencia fue un pobre aldeano.
          Qué sabe quién si el mundo gira,
          o tú y yo quienes giramos,
          tanto todo, que no estamos.

          Arrodillóse el muchacho, silenciado,
          ante una cruz que lo miraba raro.
          Es la hora, nadie existe.
          El último adiós, con dios,
          bajo el portón empedrado.

11 noviembre, 2011

LA CAJA


     Me estaba cortando el pelo. Yo estaba sentado en el sillón de la barbería, Beltrán ya me pasaba las últimas rasuradas por la garganta. Saludé y me fui. Con la barba ya dispuesta, caminé manzana y media hasta la tienda. Abrí el portón poco más tarde de las 11 de la mañana. Apenas me había dado tiempo a prepararme un té cuando irrumpió en la tienda un joven ganso y timorato. Era Joel, con cara de llevar muchas horas despierto. Entonces, él aún no me conocía. Yo a él, tampoco.
Comenzó a pasear por los pasillos enmoquetados, observando el mobiliario, escudriñando los estantes colmados, escrutando objeto tras objeto, a cada cual más brillante, maravillado por las lámparas y las cristaleras de colores. Parecía un niño en un almacén de caramelos. Me hizo un par de preguntas vanas, a las que respondí solícito, y me puse a reparar una vieja marioneta sobre el buró. No pasaron quince segundos cuando Joel salía presuroso por la puerta de la tienda, fugaz como un estornudo, y se alejaba calle abajo hasta hacerse píxel. A mí, dueño del objeto y NARRADOR de la presente, se me enfriaba el rooibos de atender.
El chico corrió y corrió hasta salir de Chamberí, y al fin se paró en una esquina a examinar el botín. Era una caja de nácar, bronce y caoba, con diminutos brillantes dibujando ojos y ondas. Mi objeto más valioso, mi antigualla mágica. La contempló satisfecho el chaval. Resolvió que bien podría valer un viaje. Ahora lo que seguía era empeñar el botín y comprar un billete a Cádiz. Y de ahí, por el mar a Nueva York.
Caminaba por Princesa, embelesado con Manhattan, cuando chocó de bruces contra una refinada anciana, una de esas viejas glorias de gran ciudad que destilan moralejas. La señora se giró enojada a regañarlo, colocándose el foulard entre gruñidos. Andaba cerca un policía que había presenciado la escena, y comenzaba a caminar lentamente hacia él, colocándose el cinto con grandilocuencia. Joel se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. De dos zancadas alcanzó a doblar la esquina, tenía que pensar algo. El agente avivó el paso con gesto suspicaz, mientras Joel, a la vuelta y contra la pared, trataba de idear una solución. No pueden reconocerme, sentenció, y escondió el DNI en el interior de la caja robada. En caso de problemas, diría que no lo llevaba encima.
Cerró los ojos, tiritando de ansiedad. No quería mirar. Musitaba lo poco que recordaba del Padre nuestro, paralizado, sacando punta lentamente al segundero entre hondos jadeos, cuando un dedo le pulsó en el hombro por dos veces. No quería abrir los ojos.
-Qué pasa, Joel. ¿Jugando al escondite? –soltó burlón el policía frente al chico. Éste no daba crédito a la actitud del agente, que tras una breve cháchara, se alejó dando recuerdos para todos, ante la perplejidad del chico. Aquello no tenía explicación.
Continuó el camino por Rosales en busca de un empeñista donde deshacerse del mamotreto. Caminaba por el Paseo cavilando sobre lo que acababa de ocurrirle con aquel madero, cuando comenzó a percibir algo extraño. Todo el mundo lo conocía. Los viandantes, sin excepción, lo saludaban amablemente y por su nombre, al cruzarse con él, adjuntando solemnidades y gestos con la cabeza o la mano. Joel no se lo podía explicar. Correspondía a medias a los tantos saludos, mientras trataba de despertar de lo que creía un mal sueño, un sueño muy raro en cualquier caso. Pero poco tardó en comprobar que aquello no era un sueño, sino realidad, tan real como que era de noche, pero sin explicación para él. En cualquier caso, el policía ya se había ido. Joel abrió la caja para coger el…
Ni rastro del carnet. El cofre estaba vacío. No puede ser. Sin documentos no podría viajar a ningún sitio, pero tampoco podía acudir a la policía. ¿Qué carajo había pasado con el DNI? ¿Tan lerdo era para liarla de esa forma? La caja había permanecido cerrada en todo momento, se chilló por dentro. No se podía haber perdido. Repasó paso a paso las últimas horas, descartando lugares y momentos donde pudiera haberlo perdido. Volvía atrás mentalmente, sentado junto a un cajero, con la mirada perdida. Finalmente, tornó la vista hacia la caja, y comenzó a observarla. Y la observó al detalle. Examinó cada minucia de la exótica urna, sin perder detalle, bajo el manto amarillento que segregan las farolas.
De pronto cambió el gesto, y se quitó las gafas. Las introdujo con presteza en la caja pensando que así, sin gafas, quizá no lo reconocerían. Buscó una bolsa de plástico grande donde camuflar el cofre, y se encaminó Marqués de Urquijo arriba hacia el metro de Arguelles.
Atropellado, Joel bajó las escaleras hasta imbuirse en el subsuelo. Se aproximó a las barreras del subterráneo y, de un salto, burló el importe del billete. Aterrizó agarrando a mano y media el cajón, y al erguirse, topó de frente con el vigilante de seguridad, que surgía tras la columna. El chaval miraba al suelo, inmóvil, preparándose para el sermón del jurado. Sin embargo, éste mantenía la mirada al frente y caminaba entre silbidos, hasta pasar de largo por el pasillo, sin tan siquiera reparar en el muchacho. Joel se giró confuso. Pero sin perder más tiempo, se encaminó a las escaleras agotado, ojeroso. Se sentó en los peldaños metálicos, mecido por los ciclos del motor, y mientras bajaba miró qué hora era. Había perdido ya más de medio día, comenzaba a anochecer y no quería encontrarse el local cerrado al llegar. Tenía que empeñar la urna ya. Llegando ya al final de la escalera, Joel se incorporó del escalón a la vez que un hombre, bajando deprisa, lo arrolló por detrás. Rodaron ambos hasta el pie de las escaleras mecánicas, y como una centella, el chico se giró hacia el hombre, que miraba despavorido en todas direcciones. Joel estaba enfrente, pero no le veía. Entonces lo comprendió. La caja, el carnet, las gafas. Era invisible, transparente ante los demás. Aquello lo maravilló.
Entró en el último vagón, sabiéndose invisible, y se tumbó en el suelo. Se hubiera dormido ahí mismo de no ser por aquella voz automática que, de pronto, brotó de las paredes. Próxima parada, Plaza de España. Joel agarró la bolsa y salió a la superficie. Ahora, pensó, a Gran Vía. La idea era utilizar aquel milagro, para entrar en un par de tiendas pequeñas y tomar lo necesario de la caja.
Sin embargo, mientras corría por Callao invisible al Universo entero, Joel comprendió que todo era mucho más fácil que eso, mucho más a mano. Con todo lo ocurrido no había reparado en ello, aunque ahora se mostraba evidente. Entonces comprendió que la urna era la clave.
Escribió en un papel “Nueva York”, y lo introdujo iluso en la caja. No sirvió. Entonces probó con escribirlo en inglés, pero tampoco. Luego probó con las iniciales, e incluso con una bandera adhesiva y un mapa que robó en un kiosco de prensa. Nada de nada. En un primer momento, había pensado que, si al meter el carnet lo conocían y al introducir las gafas, nadie le veía, quizá si metía algo de Nueva York le llevaría mágicamente a la ciudad. Necesito descansar, se dijo. Pero no podía ser, había perdido la identidad y los ojos comenzaban a escocerle. Comenzó a sentir sudores fríos y temblores, y pensó que quizá también fuera efecto de aquella maldita caja árabe. Tengo que deshacerme de ella, pensaba, no puede ser buena.
Joel se sentía cada vez peor, y callejeó hasta encontrar un lugar apartado y sombrío. Cada vez más ciego, Joel tuvo una idea. Quizá si introdujera directamente dinero en la caja, no tendría nunca más que pagar nada. O podría ser que al meter dinero dentro, se convirtiera directamente en millonario. Visto lo visto, ¿por qué no?, pensó. Observó el billete de cinco euros mientras los introducía en el cofre, deseando que fueran suficientes, y cerró la caja pensativo.
Esperó un rato y después entró en unos ultramarinos a por algo de comer, pero poco tardó en percatarse de que el dinero introducido aún no había surtido efecto, o simplemente que aquello no funcionaba así. Decidió entonces abrir la caja y, al minar en su interior, por poco no cayó en desmayo.
En el interior forrado de la urna había una mano. Una mano humana, masculina, tosca y morena, de uñas largas que había brotado en el interior de improviso. Joel se decidió a examinarla, pues no sangraba ni parecía hincharse cuando, de repente, la mano se hizo brazo desde el fondo del brillante cofre y, tomándolo por la pechera, arrastró a Joel dentro del cofre.
Le serví un té mientras le hablaba. Joel permanecía mudo, pensativo en el sillón, recomponiendo uno a uno los enigmas de las últimas 24 horas, mientras yo le desarrollaba lo ocurrido.
Hube de explicarle el funcionamiento de la caja, sus propiedades mágicas y su responsabilidad también. El muchacho se recreaba arrepentido sobre el butacón, sin soltar sílaba. Le contesté que podía quedarse, eso sí, sin robos. Asintió con la cabeza y le dio un sorbo al rooibos.

09 noviembre, 2011

CINE. DIFERENCIALES DEL 7º ARTE

          El propósito del hombre por captar la realidad en que vive ha venido siendo una constante desde tiempos del ‘graffiti rupestre’ paleolítico, bien para comprenderla mejor, bien para servirse de dicha realidad como un pilar sobre el que apoyarse para construir un mensaje claro, contextualizado y reconocible por los demás. De este modo se han ido sucediendo nuevos escalones que nos han ido dotando de más y más medios de expresión, desde la escultura a la radio, hasta llegar al cine. Pero, ¿acaso cree el cine ser el último escalón evolutivo en esta carrera por expresarse? Resulta poco fiable vaticinar que no vayan a surgir en el futuro nuevas formas de expresión superiores en matices al cine, lo que sí parece innegable es el punto de inflexión que el nacimiento de este medio supuso y aún supone en el bagaje comunicativo experimentado por el hombre desde sus inicios.

          El cine sirve para satisfacer el hambre de contar o escuchar historias, pero mucho más sirve para agarrar con las manos un ambiente en un lugar y período precisos y, mediante su reconstrucción, expresarse. Y conviene reincidir en lo dicho, un lugar y período precisos, puesto que es a esto, en gran medida, a lo que el cine debe su grandeza.

          Mientras que la arquitectura o la pintura juegan con el componente espacial de aquello que se quiere inmortalizar, otros medios expresivos como la música o la literatura se despliegan en el tiempo, haciendo de éste su componente nuclear e insustituible. El cine, en todo su desarrollo actual, ha logrado exprimir hasta el extremo las posibilidades de un medio que aúna componentes espaciales y temporales o, dicho de otra manera, ha aprendido a manejar los códigos de la pintura, la escultura, arquitectura, la danza, la música y la literatura, y juntarlos todos bajo sus propias disposiciones como medio, aprovechándose del potencial de todas a la vez.

          En este sentido, también conviene recordar que todo este desarrollo experimentado por el medio cine se ha ido produciendo en paralelo, a menudo en íntima relación, al momento histórico, un momento –llamemos así al último siglo- en que la representación icónica ha cobrado una desfasada atención en detrimento de otras formas como la escrita. Buena cuenta de ello pueden dar en el mundo de la publicidad, del mismo modo que el cambio experimentado en los hábitos relativos al ocio. Piénsese, sin más, en la frecuencia de lectura lúdica de las generaciones hoy adultas cuando eran niños, y compárese con la frecuencia de lectura de sus hijos, o con las horas que éstos emplean en televisión, videojuegos, películas… en definitiva, imagen. El cine facilita en muchos aspectos ese trabajo de decodificación que todo receptor debe realizar para comprender lo que se le transmite, por cuanto que la imagen siempre es más directa, más evidente y más llamativa.

          De la suma de todos estos puntos comentados surge la certeza de que el cine es un medio con unas capacidades expresivas prácticamente inéditas en toda la experiencia humana, y de ahí, por ende, su asombroso encanto, su ya asumida fama.

08 noviembre, 2011

PLAN DE PENSIONES



A Montxo le pesan la barriga y los años.
Lleva media vida plantando la corbata sobre la mesa a las nueve en punto, aunque trabaja cerca de casa, eso sí; en una sucursal de la Caja Vital, por ahí por los Herrán, en pleno centro de Vitoria. Veinte años de experiencia; "hostia, hasta que me larguen", suele decir. Pero al bueno de Montxo no van a echarlo, es un hombre cabal, cumplidor y fiel.

       Sin embargo, la crisis golpea duro a la banca y las comisiones trimestrales de Montxo son cada vez más pobres. Cada fin de mes irrumpe más humillante en la cuenta corriente, con los ahorros de otras décadas muriendo un poco cada día, quebrados de gastointeritis. Sobrellevando un tren de vida desfasado. Las cuentas no cuadran en casa de Ramón Amilibia.

       En los últimos meses, el humor de Montxo ha cambiado. Al llegar a casa maldice y despotrica, y luego, cuando Artea acaba riñéndole, se va iracundo a recostarse en el sofá. Se desabrocha los zapatos mientras farfulla, y después, da un par de cabezadas en lo que dura el telediario de la cinco. Así todas las noches, todos los días.
         
       -Fíjate hijo -le explicaba una noche a Gaizka-, así trata este país a la gente honrada, leñe. ¿Lo ves o no? Si a mí me pasa igual, es que es lo mismo. Yo siempre lo digo, si hasta el propio Gobierno se baja la faja con los banqueros, ¿qué no harán ellos, pues? ¿qué no harán esos banqueros con su propio personal? Empleaos, contra, empleaos como tu padre que nos partimos el espinazo toda la santa vida para ellos. Santa Hostia, que me traen los demonios...- tronaba Montxo enrojecido.

       –Si razón no te falta, aita, pero no te calientes más que es domingo y juega ahora el Athletic. Ya verás Llorente, hoy mete dos...- le decía el chico, intentando apaciguar los ánimos de su padre. Montxo colocó los pies sobre la mesa baja y miró el periódico. No era del día, ni siquiera de los últimos meses. A saber de cuándo era aquel periódico. Montxo se quedó observándolo, meditabundo.

       Al día siguiente, las primeras gotas vaticinaban una jornada gris. Montxo caminaba hacia el trabajo como todos los días, pero aquel no paró en el Aguerri’s a tomar café. Aquella mañana fue directo a la sucursal. No paraba de sonarle el móvil. Antes de entrar, lo puso en modo silencio. –Buenos días, señor Amilibia- le inquirió cordial Martina, la señora de la limpieza. Con un breve ademán, Antón le devolvió el saludo y se encerró en su despacho. Miró el reloj. Diez minutos para las nueve.

       Instantes después, un hombre trajeado franqueó el portón blindado portando un maletín. Éste se acercaba al mostrador del fondo al tiempo que una anciana atravesó apurada la puerta giratoria. Montxo hablaba por teléfono tras el sillón, de espaldas junto a la cristalera. Rápidamente, colgó el auricular y sacó del primer cajón un frasco de pastillas. Se metió una en la boca y tragó con ambición.

       El tercer cliente del día apareció pasados dos minutos de las nueve de la mañana. Era un señor orondo, embutido en un chándal cutre, todavía húmedo por el chirimiri. Tenía el rostro envejecido y arrugado, quizá de una antigua viruela, pero su complexión y su semblante revelaban que no llegaba a los 60 inviernos. En la cabeza, un gorro de lana le ocultaba parcialmente unas greñas negras, y le cubría la frente hasta las cejas. El tipo sacó del pantalón una bolsa negra y metió la mano dentro. Acto seguido, lanzó la bolsa al suelo. La sucursal se hizo silencio.

       -¡Que nadie se mueva o me cargo hasta a la vieja!- gruñó excitado el atracador. Montxo permanecía inerte, de pie junto a la cámara de seguridad, obedeciendo con aplomo las órdenes del asaltante. Pasaron apenas tres minutos hasta que el ladrón se largaba con la bolsa medio llena, arrancaba un monovolumen color satén detenido frente a la puerta y se perdía paseo abajo por la calle Arana.

       En la sucursal, el hombre del maletín se apresuraba a sacar el móvil del bolsillo, agitado, y marcaba el número de emergencia entre temblores. A su alrededor, los presentes se iban agrupando en torno a las sillas de la entrada, en silencio. La oficina parecía recobrar el oxígeno en el aire, todos resoplaban aliviados tras el incidente. Todos salvo la pobre anciana, que yacía sin conocimiento, tiesa y orinada sobre el frío mármol. Montxo no había reparado en ella cuando, entre tanto, apareció la ertzaintza.

       Aparcaron enfrente dos vehículos policiales, al borde de las diez de la mañana, a los que siguieron otros dos. Los ertzainas entraron sin titubeos y con las armas enfundadas. Breves instantes después, Montxo salía de la oficina, conducido por varios de los agentes, hasta el exterior de la sucursal. En torno a la puerta del banco, una multitud de curiosos parloteaban sin tregua, aventurando versiones hipertrofiadas sobre lo sucedido, cuando de súbito, se hizo el silencio entre el gentío, un silencio ensordecedor.

       Es don Ramón, se decían los unos a los otros tenuemente. El mutismo dio paso al murmullo colectivo, y éste al griterío. Los vecinos, aglutinados en corrillos, no daban crédito al ver a aquel hombre, al que muchos habían acudido en horas bajas, entrar en el coche policial con la mirada ausente, sin articular gesto alguno.

       Desde el interior, Martina alcanzó a ver cómo se llevaban a don Ramón detenido, y se acercó con premura a uno de los agentes. -¡Oiga, que se llevan detenido al director, que él no ha hecho nada! –le espetaba frenética al ertzaina. Éste se giró severo y la reprendió secamente. –Señora, ya hemos detenido al atracador y identificao el vehículo. El señor Amilibia ha perdido la cabeza.

FIN


19 octubre, 2011

EL LLAVERO DE MARGA



Con las piernas cruzadas y el pelo por la cara, Marga parecía una puta más colgada de la barra, pero no lo era. Años atrás, quién sabe, pero eso es otra historia. Hacía ya casi 7 años que trabajaba como secretaria para un dentista de barrio, un cincuentón hosco y poco hablador que, unas horas antes le había revelado, con suma economía de palabras, la mala nueva. "Que la crisis...", pausa y suspiro, "la crisis no me permite sostenerte, Marga, hazte cargo".

Aquella misma noche pegada al vaso, Marga fantaseaba con las marcas de las botellas de licor, firmes como soldados tras la barra, esperando a entrar en combate, y desempolvaba entre cobardes tragos toda suerte de recuerdos tiempo atrás exiliados. De pronto se acordó de los discos de Janis, de los jueves sin excusa, del olor al cuero de otro siglo. Todas aquellas etiquetas coloridas se reflejaban en la pared de espejo parcheando la silueta de Marga, todo lo más erguida que alcanzaba entre el verdor luminoso de los lamparones pendientes del techo. Se había tomado ya dos copas, quizá tres, cuando Fabián entró en el pub gabardina en mano y un cigarro en la oreja.

"Qué pinta..." pensó Marga, sin reparar en la suya. Tiene guasa, el yogur ¿eh...? burlona, al camarero.

Fabián dobló la gabardina en dos dobleces y, mirando fijamente a Marga, se sentó a su lado. Aún no había dejado la chaqueta cuando brotó de la mujer la carcajada más excelente de la historia de aquel bar. Marga deshecha contra la barra, cachondeándose a pleno pulmón. Risas y más risas, cada cual más ahogada que la anterior, hasta fundirse al fin en una sonrisa ebria, alargada y agridulce; mitad júbilo, mitad tristeza. Fabián, protegido al contraluz del bar, no había desviado la mirada un solo instante del carcajeo desbordado de Marga; expectante, callado, pétreo salvo por el lento y cadente gesto de llenarse la boca de humo, jugar expulsándolo, en fin, por acompañar el vodka.

Fabián se acomodó despacio en el plasticoso taburete y, con voz cálida y mesurada, le preguntó por el motivo de tanta risa floja. Atropellando palabras, Marga le confesó que, al verlo entrar, le había parecido un pipiolo tonto con esos zapatos viejos, esos pantalones pesqueros y esas greñas rizadas demodé. "Eso es más de mi época, guapetón". Marga siguió hablando sin espacios para réplica. El chico era un saco de huesos a un perfume unidos, un enclenque imberbe y probablemente algo putero, pero era guapo el condenado, y olía a edenes. De haberlo retratado en óleo, habría sido eterno como el mejor Dorian.

Marga no se reía así desde hacía muchos, muchísimos, demasiados años. Había desenterrado del olvido aquellas noches en que un cualquiera -cierta vez quizá incluso dos- la rondara por las calles del Madrid poeta, el Madrid drogadicto y baldío. Se acercó  a su oído y le besó el cuello.

 Marga charlaba y contaba y hablaba ante la permanente atención del chico, un frontón de monosílabos enredados aquí y allá por entre el discurso luengo de la señora.

Bebieron y hablaron hasta cerrar el bar. Tras la penúltima, Marga y Fabián franquearon el portón acristalado, adentrándose en la noche. De no ser por la hora, casi pasaban por madre e hijo paseando, pero Marga se sentía tan ajena, y a la vez, tan plena de todo que no pudo reprimirse a invitarlo a la última, ya en casa. Sabe Dios cuántas noches habían pasado desde la última vez... El trayecto se hizo dulzura. Era mediados de Octubre, pero el verano se había alargado tanto ese año que la temperatura, de madrugada, era agradable. Hasta sobraba la blusa, o todo, susurraba el subconsciente de Marga.

Subieron las escaleras a la par que su lívido, borrachos de simbiosis, y Marga fingía entender lo que explicaba Fabián, que ahora sí, le narraba sin tregua sus más profundas reflexiones. El tema daba igual, sólo faltaban unos escalones más. Marga sacó las llaves y observó el chupete anclado al manojo de llaves. "Putas puertas blindadas…" gimió tambaleándose. Entraron.

Se paró el tiempo hasta que la tragó en sus brazos. Besándola tras las orejas, acariciándola, horizontales, con la potencia fértil de un torrente. Marga se sintió Rita, se juzgó etérea, sensible, célebre mientras cabalgaba. Gritó sin voz hasta fundirse el sexo en sueño y, finalmente, tras el clímax, babeó la almohada dulcemente hasta las tres de la tarde del día siguiente.


22 septiembre, 2011

HUANG NO TIENE ASCENSOR

Medianoche. Juan abandona el salón de juego y camina sin prisa hasta el coche, un BMW verde botella con fundas en los asientos. Tiene 53 años y es adicto al juego y al tabaco. Nació en la Corea del 58 como el quinto de seis hermanos y medio siglo después se despierta solo cada mañana en un piso de otro barrio a las afueras de Madrid.

Avanza ensimismado entre hileras de farolas a los pies de la autopista, camino de vuelta, probando a dejar la mente en blanco por un rato. Apesta a tabaco tras otro día de vicio y estadística, cigarro y probabilidad, cubata y nervio.

Cada mañana, al verlo llegar, el camarero del salón se abotona la americana con los buenos días de rutina. Juan se sienta en la butaca arrimando el cenicero con una mano mientras, con la otra, echa mano al bolsillo del pecho. Se enciende un cigarro en lo que el camarero le sirve café y fichas. -Toma, Juanito. No te lo gastes muy rápido, que está tragona -bromea.

Huang vuelve a la consciencia del volante a ciento cincuenta kilómetros por hora con la sensación de haber tenido un dejá vu, algo cada vez más característico del espíritu flaco en el que se ha ido convirtiendo con los años, rostro anguloso, barbilla homicida y nariz geométrica sobre lo que fuera una tez dura, porte serio y recto, ahora más ácido y más ciego.

Algunos días manda al chico de turno a por un paquete de tabaco, o al McDonalds. Los viernes se permite un J&B con cola tras el café de las cuatro. Pero sólo los viernes, como ofrenda a la suerte. Jugando tampoco bebe más de la cuenta. Podría perder dinero pero Juan es más listo. Por eso van los otros a copiarle la apuesta y él, aunque le jode, nunca dice nada. En dos horas, juega cuatrocientos treinta euros en la ruleta.

Niño!, ¡¿esto no suelta hoy o qué?! -masculla al camarero con acento grotesco. Las tiempos están mal para hacer dinero. Casi no queda margen para malos peores. Hay que ganar. Cambio a fichas y jugada por valor de treinta y cuatro euros para tantear la máquina.
La carretera está casi vacía. Juan estrecha el volante con desgana, pensando inevitablemente en todo lo perdido.

Aparca el viejo automóvil a dos calles de su portal. Ya es miércoles, ha recuperado casi todo lo perdido el lunes, y sin embargo, ya cruzando al jueves, ni la soledad ni la edad ya le dan pie a mucho vaivén. Bastante reto representan cada noche los sesenta y siete escalones que separan el portal del cuarto F. Siempre le molesta el traqueteo del contador de luz. Huang Kim no tiene ascensor, pero tampoco lo quiere. Prefiere subir andando, pese al reuma incipiente y pese a todo. Porque un día fue joven, sano, un soldado contaba las batallas por victorias.

Juan detesta los ascensores. Especialmente los que tienen espejo. Esas estúpidas placas de realidad son correazos a su estima de inmigrante solitario. Ochenta y tres pasos después, Juan se limpia con mesura los pies antes de entrar en casa. -Noventa y ocho, noventa y nueve… y cien.

Juan siempre abre la puerta, se quita los zapatos y los deja en el cajón. Luego va hasta el baño, se quita la camisa, los pantalones y los calcetines, deja el cinturón sobre el váter y mete la ropa en un cesto. Se lava las manos, la cara y los pies. Recoge el cinto del váter y lo guarda en la cómoda junto a la cama. Se emboca un pito y se tumba a hacer recuento de caudales.


Esta noche Juan entra de seguido hasta el dormitorio, saltándose todos los pasos. Se sienta a los pies de la cama, una calma agridulce le invade el gesto al verse a sí mismo tumbado en el suelo, el pecho hinchado, la mirada clavada y los ojos abiertos, esperando tener más suerte en la siguiente vida.

20 abril, 2011

LA DAMA KITSCH


Aquel vestido blanco eran tormentas de merengue gaseoso, bocanadas de un pastel horneado para trastabillar civilizaciones, para dilapidar longevas tradiciones. Bajo el ferroso corsé, instituido en modo censor sobre la tersura ideal de sus senos de nube y vino blanco, el hirsuto paño de efervescencia se diluía caderas abajo entre insinuaciones, sombras e incertidumbre de todos los colores. Envuelta en su manto como un ángel futurista, sola en su palacio de hiel, posando por los siglos en espera de cualquier algo. Cada nota, cada rayo de sol era atrapado sin remedio en la exosfera de cabellos, centinelas de su rostro cerámico, legionarios de su virtud. De modo que jamás llegó el tiempo, ni la suerte, ni tampoco la alegría a traspasar los contornos de la que sería Hilda a la postre. Anclada a su deidad de erotismo azabache vio pasar los días, subiendo y bajando las escalinatas de palacio, paladeando la eternidad diagonal y traicionera, la decrepitud de comisuras y el triste silencio hasta que el tacón venció y llamaron a la muerte que, cuando quiso llegar, no vio más que un gigantesco estanque con peces...

11 abril, 2011

RAMAS

Qué ocurre cuando el autobús se para,
qué pasa si la caricia se queda en la mente,
cuales son las ilusiones que nos hacen grandes,
cuáles los errores que nos matan,
quién sabe cómo perderle el miedo a la muerte,
cómo sé que soy feliz.

Enigmas e incertidumbre,
puré de soledad,
ramas en mis ojos.

Siempre pensando que un día serás
lo que nunca has visto y a cada momento observas, pero qué ilusionante es el sol de la mañana,
cuánto complace el gris de la tarde,
cómo embelesa el azul de la noche.

La vida es un happy hour de formol,
la vida roba horas, destruye, devora y controla.

El tiempo que seduce y reduce,
que roba atención al primer descuido.
Brinda conmigo

MÚSICA DE VÁTER OCUPAO

La plaza se encoge,
los ojos se llenan,
las misas se corren y
el viento alardea.

Los pasos se pasan,
el júbilo moquea.
La frente se arquea y
los viernes se borran.

La risa se aplana y
el silencio se afea,
el cenicero se ahorca y
las letras se mean.

El aroma envejece,
las putas planean,
el reloj se descose.