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06 febrero, 2014

MALDITOS AFORTUNADOS




Anochece en el subsuelo. Rostros cansados tiran de maletines y mochilas, camino de la fila que los lleva a casa. En el Intercambiador de Avenida de América siempre es de día. Para otros, todos los días es de noche. Supongo que depende de si vas o vienes.


Un manto negro se transforma bajo el hormiguero; estirándose, contrayéndose, volviendo al principio. Nos deslizamos veloces y estáticos por las escaleras mecánicas, en itinerarios mecánicos, con reflexiones mecánicas. En realidad, no se produce ningún intercambio.
No es apatía, no es egoísmo ni misoginia; parece simplemente cansancio. Cansancio crónico, denso y oscuro como el hollín que se acumula en las paredes y en los conductos de ventilación. Los más neuróticos detectan el nerviosismo oculto bajo el agujero, tensión entre dos hombros que chocan para no volverse, para pasar de largo y franquear los tornos mirando la hora, como en modo avión, como de vuelta de todo.

Llega mi autobús, el mío, el de mi barrio. Para algunos el nacionalismo va por barrios. Mermelada de patrias en dársenas abarrotadas como congresos de la ONU, sin micros ni vasos de agua, sólo frases metálicas chillando en altavoces contra nuestros oídos sedados.

La muerte hace campaña electoral con los rostros derrotados de los supervivientes al transporte público diario. El cansancio de espíritu se propaga como pesticida a través de las miradas furtivas, involuntarias, que se cruzan por un segundo para distanciarse, quién sabe cuánto, hasta mañana. Subiendo o bajando, casi siempre dejándonos llevar por ese traqueteo febril que te invita a ensimismarte, a pensar profundo, si acaso te quedan fuerzas.

El autobús, un remanso de paz con olor a sobaco gigante. Los cristales resplandecen borrosos con los restregones grasos del cabello de quienes llegaron a casa un poco antes. Malditos afortunados… Un segundo más en esta jaula de halógenos y empiezo a matar gente inocente.