TRASLATE

20 abril, 2011

LA DAMA KITSCH


Aquel vestido blanco eran tormentas de merengue gaseoso, bocanadas de un pastel horneado para trastabillar civilizaciones, para dilapidar longevas tradiciones. Bajo el ferroso corsé, instituido en modo censor sobre la tersura ideal de sus senos de nube y vino blanco, el hirsuto paño de efervescencia se diluía caderas abajo entre insinuaciones, sombras e incertidumbre de todos los colores. Envuelta en su manto como un ángel futurista, sola en su palacio de hiel, posando por los siglos en espera de cualquier algo. Cada nota, cada rayo de sol era atrapado sin remedio en la exosfera de cabellos, centinelas de su rostro cerámico, legionarios de su virtud. De modo que jamás llegó el tiempo, ni la suerte, ni tampoco la alegría a traspasar los contornos de la que sería Hilda a la postre. Anclada a su deidad de erotismo azabache vio pasar los días, subiendo y bajando las escalinatas de palacio, paladeando la eternidad diagonal y traicionera, la decrepitud de comisuras y el triste silencio hasta que el tacón venció y llamaron a la muerte que, cuando quiso llegar, no vio más que un gigantesco estanque con peces...

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