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24 noviembre, 2016

TIERRA DE NADIE

Los primeros llegaron al borde del anochecer. La cadena humana se extendía a lo largo de cientos de kilómetros como una serpiente que en pocas horas se fundiría en una masa informe de piernas, enseres y rostros sucios. Justamente ahí, ante el portón electrificado que daba acceso a otro sitio, a otra puerta, desembocaba la nube de polvo. Más y más gente iba llegando ante el reojo abúlico de los soldados, muchos de ellos aún con las gafas de sol pese al ocaso. Gracias a los voluntarios, los demás nos íbamos enterando de lo que ocurría delante, en la vanguardia de la comitiva.

Los más rápidos fueron los niños. Vagaban solos en grupos de veinte o treinta, pululaban descalzos entre la multitud como moscas alrededor de un cadáver. Los adultos que llegaban iban formando corros y discutían por lo bajo, como temerosos de una posible reacción de los tanques aparcados más allá. Seguramente no sabían ni qué decir llegado tal punto, a quién dirigirse, qué pedir exactamente…, así que se volvían ante sus compadres en busca de apoyo y consenso. Entretanto se les iban sumando por cientos los recién llegados, todos cargados con pesados sacos y bolsas de basura. Aquello no era ya Serbia ni todavía Hungría, era tierra de nadie.

Avancé entre la multitud con Samir en brazos hasta llegar a un claro desde el que pude ver la puerta. Allí, en el epicentro de las miradas, alcancé a ver lo que parecía una tranquila conversación entre un oficial húngaro y el grupo de periodistas acreditados. Otros tantos periodistas aguardaban tras el cordón policial mezclados entre la marabunta. Éstos parecían visiblemente menos tranquilos a juzgar por el brillo en sus ojos y la orientación de sus comisuras. Los primeros voluntarios comenzaron a llegar a la zona, diseminándose entre la gente con los brazos extendidos, embutidos en sus petos fluorescentes tachonados de siglas.

Las primeras en ser llamadas fueron las mujeres con bebés. Samir lloraba a pleno pulmón entre el hedor y el polvo pero no recuerdo hacer nada por taparle la cara o protegerle de alguna forma. Alrededor otras madres se aprestaban a seguir al voluntarios de turno como si así fueran a darles una visa de inmediato, cosa que evidentemente no ocurrió –a la postre todos descubriríamos tristemente cómo todo va mucho, muchísimo más lento incluso en el mejor de los casos, salvo contadas excepciones–. Yo preferí aguardar unos instantes más para ver si sacaba algún detalle de la conversación, algún gesto o ademán que pudiera advertir por dónde estaba fluyendo el asunto entre el ejército húngaro y los mediadores internacionales. Alrededor se escuchaban rezos y llantos, niños correteando entre ancianos de mirada perdida. Aún hoy recuerdo sus rostros ajados por el tiempo y el éxodo, sus comisuras desinfladas, sus pechos vaciados buscando el resuello en algún punto de su pasado, la pupila perdida en la grava.

Siempre se me dio bien leer las caras, traducir los gestos, interpretar las miradas… De joven siempre pensé que me convertiría en analista política –quizá la mejor, soñaba– justo en el momento en que todo cambiaría, justo al rebufo del progreso. Por fin mi país luciría orgulloso la bandera de la modernidad, sin nada que envidiar a los demás, ni siquiera a América. Poco tardó la vida en demostrarme lo contrario, lo equivocados que estábamos entonces, lo tarde que reaccionamos…

Por más que los observaba no pude sacar una vaga conclusión de la conversación entre el oficial, los periodistas y las delegaciones de voluntarios. Caía la noche sobre nuestras cabezas y ninguno de nosotros había logrado cruzar al otro lado –tampoco las madres con bebés– por lo que empecé a pensar que el ejército quizá tendría órdenes de no dejar pasar a nadie. A nuestras espaldas, cientos de miles abandonaban territorio serbio borrando nuestras huellas con las suyas.

Cada vez que hago memoria de aquel día veo a Samir en mi regazo llorando sin descanso y, sin embargo, no recuerdo haber hecho un solo movimiento por acallarle. Toda mi atención –como la de casi todos los demás– era absorbida por lo que pudiera estar debatiéndose en ese epicentro migratorio en medio del campo, un campo cualquiera postrado a lo largo de tres países vecinos con banderas y gobiernos distintos. Fue entonces cuando vi la cámara.

Al principio solo vi el haz de luz y pensé que se trataría de una linterna o quizá un foco de luz con el que visibilizar al oficial húngaro, tal como se aplica con los domadores en los circos. Entonces el haz rotó sobre sí mismo y pude ver la enorme cámara de video asida al hombro de un hombre pelirrojo entrado en años. A su lado, un joven reportero daba instrucciones sin mirarle, braceando nerviosamente sin mirar realmente a ningún sitio. Probablemente se prepara para entrar de lleno en el meollo y lanzar su pregunta, pensé en aquel momento.

Fui abriéndome paso lentamente entre la muchedumbre hasta colocarme cerca, esperé el momento oportuno y entonces, en ese preciso momento, todo pensamiento desapareció de mi cabeza. Lo que vino después muchos ya lo conocen. Una madre tirada en el suelo tratando de proteger a su bebé, lágrimas cayendo, alarmas y empujones, gritos desesperados que prenden la mecha de la marabunta… Por un momento pensé que moriría sepultada bajo el mar de piernas, que después de tantos kilómetros, tanta muerte y sacrificio todo acabaría ahí, antes de llegar a ninguna meta. Sólo era capaz de seguir el haz de la cámara y llorarle, gritarle, desgañitarme ante esa luz que llega a las casas de la gente sin guerra.

Mi padre hubo de cumplir cuarenta años hasta poder abrir su propio despacho y, antes de él, mi abuelo trabajó como peón de los colonos durante treinta años hasta poder abrir su granja. Mi marido abrió la agencia de viajes con tan sólo veintisiete años. Ahora todos habían muerto y yo me veía a mí misma desde fuera de mi cuerpo, yaciendo poseída en una tierra que no era la mía ante aquella caja que transporta imágenes. Rasca en tus adentros, me decía sin cesar en aquel entonces, y casi no hizo falta: un padre, un marido, un hijo… Mis ojos se llenaron de lágrimas, mis labios escupían lamentos y mis manos gritaban al Mundo, riñéndole por pasivo y por cruel.

Dales lo que quieren... Si han traído hasta aquí este artefacto tan caro es porque algo andarán buscando… Dales lo que quieren… Llora, grita, finge…

Al día siguiente mi rostro aparecía en todas las portadas, periódicos de todo el mundo me ofrecieron entrevistas y así, tuve la oportunidad de contar mi historia mientras médicos voluntarios se ocupaban de Samir. Apenas una semana más tarde recibimos una visa de asilo por parte del gobierno noruego y el veintiuno de Mayo aterrizamos en Oslo. Mi hijo Samir y yo.



18 abril, 2014

EL ÚLTIMO HOMBRE







El día que se descubrió todo, la condición humana aterrizó en un estado de colapso jamás visto. Lo primero fue la Bolsa, después las compañías de certezas, las PYMES, los grandes almacenes, las factorías de objetos y experiencias, los hospitales, las centrales energéticas… En efecto dominó, fueron cayendo las iglesias, los sindicatos, los ultramarinos, los negocios rurales, los quioscos, los centros psiquiátricos y de la tercera edad, las tascas de barrio, los museos…




En poco tiempo, el ocio y la enseñanza, tal y como se conocían, se convirtieron en un vago recuerdo, apenas un símbolo para algunos locos, de lo que muchísimo después se conocería como “los tiempos del bienestar desmedido” o la “era del déficit humanista”, según la corriente de pensamiento.

En las décadas siguientes, las cifras se cebaron con el Hombre: dos de cada nueve personas no cumplieron la mayoría de edad; tres de cada diez fueron desnudos toda su vida; uno de cada dos jamás probaría la carne y uno de cada tres, el agua limpia; cuatro de cada cinco no pudo jamás permitirse un hijo; y nueve de cada diez murió solo.

Más de cinco mil millones de personas fallecieron en poco más de veinte años. Los tres dieciseisavos restantes tuvieron que aprender a racionar los recursos, principalmente agua, comida y papel. Invariablemente, en poco tiempo se agotaron. La necesidad de repensar la estrategia global se impuso como una realidad en los rostros ajados de los últimos hombres.

En un pequeño pueblo de montaña, un viejo pastor disfrutaba de la soledad al margen del Apocalipsis, conversando con el rumor del riachuelo mientras recogía flores para un ramo. Llegado el momento, el viejo agarró el ramo y lo tiró a la zanja, dejándose caer tras unas breves palabras.

Desde entonces, el planeta prosiguió su marcha bajo la protección de las flores. Habrían de pasar miles de años hasta la siguiente crisis.