TRASLATE

21 junio, 2020

NOTAS DESDE MI VENTANA (III)

Madrid está en fase 2. Nos acompañan Salamanca, Ávila, Segovia, Soria, Lleida y Barcelona. Las otras tres cuartas partes del país están ya en fase 3, la última antes de la nueva normalidad.

No, yo tampoco termino a hacerme al término. Qué hay de la normalidad normal, yo quería abrir la puerta de la celda y reencontrarme con el mundo pre-covid, pero parece que ya es historia. Estamos a punto de entrar en una realidad distinta. En qué se desmarca de la anterior todavía está un poco por definir. Lo iremos viendo en el nuevo día a día.

Desde mi ventana veo a un grupo de chavales enmascarillados luciendo gorra y pendiente a la sombra del albaricoquero del portal 8. Llevan más de media hora ahí sentados. Los tengo aquí conmigo, en el salón de casa. Es lo que tiene llevar un altavoz bluetooth hasta arriba de batería. De repente la voz de la señorita Spotify se cuela con dulzura entre una canción y la siguiente anunciando cosas gratis, ellos ni se inmutan. La escucho y me río, toda la calle está oyendo lo mismo. Es spam sonoro de largo alcance que, quien más, quien menos, todos conocemos. La única alternativa es ser Premium.

El barrio se levanta y se acuesta con nueva normalidad. Las calles han recuperado el pulso. Con la fase 2 hemos vuelto a salir. Para muchos se acabó el teletrabajo de estos meses, para otros se baraja implantarlo indefinidamente, visto que permite estirar la jornada laboral como chicle. En esta crisis post virus es fundamental remar en la misma dirección, de ello depende la supervivencia de la empresa. Si esa empresa, además, tiene la meliflua voz de doña Spotify, quién no se presta a echar unas horitas por la cara.

En lo personal también salimos más estos días. Ayer cenamos con amigos. Es la tercera incursión de facto en el intrigante mundo de la nueva socialización y seguimos vivos. Darle un abrazo a un familiar o tomarte un vino con un viejo amigo son cosas que en esta nueva realidad han adquirido otro aroma. Añejados por la pandemia. New flavors para entrar de lleno en el veranito.

Reencontrarte con la gente después de tres meses de confinamiento te devuelve al mundo con mayúsculas, con toda su adictiva y abrumadora complejidad, y te ayuda a poner punto y aparte al capítulo de crisis sanitaria global. En estos días mi cerebro renderiza las vivencias de los casi cien días que hemos pasado en casa entre videorecetas, vaivenes emocionales y esa extraña sensación de vacaciones indoor que por momentos tanto hemos disfrutado. Una cosa que no ha cambiado con la nueva normalidad es nuestro culto al hogar. Seguimos siendo los mismos en ese sentido.

En este tiempo he aprendido a hacer pimientos rellenos, he trasplantado ocho tomates, he escrito un piloto, he abierto una cuenta de zoom, he leído demasiado y he instaurado una rutina aeróbica para acercar posturas con mi espalda. Cocina, botánica basicorra y sentadillas mal hechas. Soy un cliché andante. Un colegial, un aspirante de MasterChef Junior sin olfato. Escritor parado. Procrastinador. Síndrome del impostor. Otra vez, soy un cliché andante.

Desde hace dos lunes cada mañana me quedo solo en casa. Con el estado de alarma llegando a su fin, la necesidad de un trabajo me nubla la vista. La soledad que tanto me gusta se vuelve áspera. Cada vez miro menos por la ventana y más al espejo, al móvil y al semáforo. Total, todo vuelve a estar igual que antes. Los trasbordos del metro, la programación televisiva, los cumpleaños. El mundo vuelve poco a poco a la velocidad máxima permitida recordándote que aún no has encontrado la respuesta a la pregunta sobre qué mierda vas a hacer con tu vida. No tengo portfolio. Tengo portfolio. No tengo portfolio. Me la suda el portfolio. Soy un cliché andante, una fotocopia, un facsímil de otros. Soy dos personas o veinte. O media. Un poco de autocompasión es balsámico pero no paga facturas. Se busca rol en la vida.

Anoto algo en el cuaderno y escucho gritos fuera. Últimamente no miro nada por la ventana, no sé qué hacen los vecinos estos días. La chica del pijama rosa, Carlos el del carlino, la señora del 3ºB. Como hay más movimiento y tenemos las ventanas siempre abiertas, se oyen las conversaciones y los motores que arrancan. Y, como que me basta para imaginarme el resto, no me da por asomarme. Definitivamente el desconfinamiento me ha arrebatado ese contacto ventana-ventana y ventana-calle, ese clima raro de estado de excepción que me unía al personal. Y es en parte por mi culpa. Volver a salir ahí fuera y reencontrarme con mi vida al completo me ha devuelto a la introspección. Solo yo, yo, yo. Qué paradoja. Salir para encerrarte aún más en ti mismo.

La fase 2 ha terminado con la narración coral del barrio. Ya no aplaude nadie. No compartimos canciones ni arengas. Ya no somos una misma voz de aliento. Era de esperar. Hemos recuperado el pudor y las rutinas de siempre. El clima de excepción ha acabado y la rueda tiene que seguir girando por el bien de todos. Otra paradoja.

Unirnos de nuevo a la coreografía de la ciudad nos permite pasar desapercibidos los unos a los otros, como tapados por un manto de invisibilidad que convierte individuos en masas borrosas que te cruzas de camino a algún sitio. Ver las noticias vuelve a ser tan poco emocionante como antes. Ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar, ocho horas para vivir. De vuelta a la vorágine de la vida moderna, la necesidad de economizar la atención nos lleva a eliminar lo superfluo como hace la ley d´Hondt con los partidos que no alcanzan el mínimo de votos. Son tiempos de apretarse el cinturón en todos los sentidos y la atención es un bien cada vez más preciado. Lo que no se puede digerir, se ignora por seguridad y economía…

Y bla, bla, bla. Solo yo. Tiempos en plural pero solo yo. Yo, yo, yo. Tengo para todos.

Las dos Españas están más lejos que nunca. Los médicos y sanitarios más jodidos que ídem. Las pymes y los curritos más ídem de ídem. Todos más jodidos que nunca y las diferencias ideológicas marcan el tono en reencuentros familiares y grupos de whatsapp. Las trincheras ya no son dos sino infinitas. La libertad es un centrifugador social. La nueva libertad, una incógnita. La segmentación publicitaria ha ganado. Es tiempo de conspiraciones y memes, sectarismo, haterswannabes y conciertos por streaming. Algunos dicen que se acerca una nueva guerra mundial. La tercera. No, la nueva I Guerra Mundial. Imposible. Cómo va a ser posible a estas alturas.

Durante la cena un amigo comenta que el mundo está loco como lo está un psicópata. Estoy de acuerdo y lo expreso con determinación y hasta con un hilillo de ansiedad. Es formidable volver a ver a otra gente y estar de acuerdo en cosas. Quizás estemos equivocados y el mundo siempre ha estado así de loco y somos nosotros los que nos creemos especiales en estos nuevos locos años 20. O quizás es verdad que nunca antes en la historia ha habido semejante concatenación de avances, revoluciones y cambios de paradigma como en las últimas décadas.

Si por lo que fuera el día de mañana somos millonarios, cosa que nunca conviene descartar, tendré la posibilidad de pasar mis últimos días en una agradable residencia espacial en plena cara buena de la luna. No es que me interese lo más mínimo, pero el caso es que podría hacerlo. Según los científicos, esto es algo que va a ser una realidad en solo unas décadas. ¿No es una puta locura? Me da escalofríos pensar en cómo será la tierra cuando exista una opción B para los más afortunados. Eso sí que es una nueva realidad.

Menos mal que tenemos paz, amor y videorecetas a punta pala. A mí no se me ha perdido nada en la luna, lo sé sin necesidad de ir para allá. Si ya es difícil ponerse de acuerdo en la Tierra, allí la cosa va a ser imposible. Entre su ingravidez relativa y que habrá cuatro gatos, eso debe ser como una partida de Risk: todos contra todos.  En fin, nunca digas nunca y menos cuando estás en búsqueda activa de empleo. Al final es una cuestión de disponibilidad geográfica y horaria. El famoso espacio-tiempo ese.

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