TRASLATE

18 marzo, 2014

PALOS, PIEDRAS Y PALABRAS


Pasado
m. Tiempo anterior al presente: Los dinosaurios vivieron en el pasado
Presente
adj. y m. [Tiempo] en que se sitúa actualmente el hablante o la acción: El presente es una incógnita
Futuro
m. Tiempo que está por llegar: En el futuro la ciencia y la tecnología harán posible lo imposible


~ * ~


ESTACIÓN CHAMARTÍN, ANDÉN 18 – AMANECER

El día en que Armando marchaba hacia el frente, los pájaros no acudieron a piar el alba. Genoveva, la madre de Armando, lo interpretó como un mal augurio, apoyada contra una de las altísimas columnas del andén, pero prefirió guardarse las supersticiones para sí misma. Ya nada lo separaba de cumplir, había llegado el día.

Jóvenes patriotas de verde oliva sellaban sus bocas contra preciosas jovencitas perfumadas, orgullosas de llorarles por la futura ausencia. Armando esperaba al margen de la muchedumbre, sentado en su petate, callado, con la mirada y la mente enredadas en aquella catenaria que los llevaría, a través de mil fronteras, hasta el frente ruso.

En el mundo de Armando las cosas importantes eran pocas y pequeñas. Las grandes ocupaban muy poquito espacio. La política, las grandes ideas, las ideologías… Le parecía que todo eso, lo que era a él, le influía poco o nada. Esas cosas quedaban muy lejos de su casa al pie del Manzanares. Él jamás en la vida se habría alistado para ir a Rusia a pegarse tiros -y de voluntario, menos- pero ya se había encargado su madre de que la quinta generación de Armando Guerra cumpliera con su compromiso histórico de servir a la patria. A Armando aquello le daba más o menos igual. Por ideales no era, pero igual después podría hacerse un hueco y acabar, quién sabe, de reservista. No era sensato descartarlo.

Lo de estudiar no le interesó nunca. Las Ciencias le parecían cosa de listos, y más aún, de listos pudientes; mientras que las Humanidades directamente le parecían inútiles e incomprensibles. Le hubiera gustado echarse una chavala, eso sí, y llevarla de paseo los domingos a la Gran Vía. Pero era muy feo –él lo sabía, como también sabía que no lucía mucho en porvenir como ayudante de ferretero–. En cualquier caso, así mejor. No tendría que despedirse de ninguna. Bueno, de mamá. Con tal de no contradecirla, Armando…, lo que hiciese falta. Ya pueden llover cantos en Rusia que, por no oírla…

Genoveva colocó una gruesa bufanda en torno al cuello de su hijo, se estiró sobre las puntas de esparto y lo besó en la frente hasta que el tren echó a andar. Genoveva arqueó una comisura al verlo marchar. El andén rompió en un sonoro aplauso de despedida a los héroes. Como todos los demás, Armando sacó el brazo derecho por la ventanilla y lo extendió en dirección al sol, al estilo de los buenos patriotas. El cielo se llenó de proclamas victoriosas y humo negro. Aquel día ni siquiera había sol y, muy en el fondo de sus pensamientos, Armando simplemente pensaba en el tiempo que pasaría hasta volver a ver un partido de su Atleti.

En ese mismo instante, la prima Lola rompía aguas en algún lugar del Parque de la Bombilla, dejando caer al barro un cántaro lleno de leche fresca.


~ * ~


ESTADIO VICENTE CALDERÓN, FONDO SUR – ANOCHECER

Salvador Guerra había apostado diez mil calas a que el Atleti ganaba en casa al Spartak de Moscú. Partido de vuelta de Semifinales de la Champions, las gradas rugían de ilusión aquel martes. Salva tenía un abono y la cabeza rapada. Después de acabarse una botella de Ballantine’s, entró al campo y cantó a pleno pulmón durante noventa minutos; ahí, al frente, con su familia deportiva.
El Atleti perdió tres a dos en un partido brusco y pobre. Sendas aficiones se citaron en la calle para el epílogo, bien dispuestos para soltar adrenalina, frustraciones y hostias. Salva llevaba un bate con la esvástica. Tiros ya no quedaban. La rabia de la derrota hacía salivar a los fanáticos rojiblancos como él, y los rusos no iban a ser menos. Los de casa esperaron bebiendo en las inmediaciones, esperando a que soltaran la liebre. Cuando la hinchada moscovita salió del estadio, comenzó la batalla.

Salva murió junto a un coche aparcado con el pecho hundido a golpes. Un mes después despertaría en La Paz, preguntando por las diez mil calas que tenía apostadas a la victoria del Atleti.


~ * ~

PARQUE DE LA BOMBILLA, CINE VERANO – NOCHE

Iván Guerra y su novia compartían la ensaladilla rusa a cucharadas entre las sillas vacías. Sería un martes o un miércoles, uno cualquiera, en el cine de verano de la Bombilla. No había nadie. Estaban ellos solos, cargados de zampe y cerveza. Se instalaron en el centro y cenaron a la fresca del Manzanares. Esa noche echaban una muy mala, la típica americanada, El último soldado o algo por el estilo.

Comando americano trasladado a país árabe para aniquilar infieles sufre emboscada modelo vietcong y mueren todos los guapos menos uno, el más guapo, que vuelve a su país como un héroe. A Iván le encantaba ese tipo de películas, le recordaban a su padre, a cuando le llevaba al cine y luego al estadio, a ver el Atleti con sus amigos. Más que recordar, Iván rememoraba una especie de versión dulce e hipertrofiada de su padre, formada a partir de las dos o tres imágenes mentales que conservaba de la infancia.

Iván quería ser rico a toda costa y cuanto antes, esa era la clave. Siempre había pensado que su padre desapareció para largarse a hacer dinero a algún otro sitio de Madrid o de España, seguramente lejos del río. Iván era potamófobo –fobia a los ríos– y, curiosamente, había vivido desde siempre frente a la ribera del Manzanares. Con el tiempo acabó construyéndose una extraña relación de amor y miedo entre ambos.

En cierto modo, su demencia estaba plenamente justificada. Cuando papá se fue, mamá se tomó una botella de DYC y se tiró al río. Iván estaba a escasos cien metros, en el mismo cine de verano donde ahora Julieta y él se metían mano como locos ajenos al discurso de Mark Whalberg. La noche en la que Iván se quedó huérfano echaron Lilith, una película de Robert Rossen sobre lunáticos y cascadas. Iván no paró de ver ríos durante más de dos horas pero no entendió nada de aquella película. Al llegar a casa, su madre no estaba. Tampoco lo entendió.

Cuando no se besaban, Iván miraba de reojo el escote de Julieta y se retensaba todo entero. La película transcurrió por los afluentes del patriotismo yankee hasta la última escena, en la que Whalberg recibía la tan ansiada condecoración por el coraje derrochado.

Detrás de la pantalla, entre un par de urinarios móviles, Iván y Julieta luchaban sin protección ninguna, diciéndoselo todo muy despacio desde los sótanos del Despacho Oval. Se oyó un largo quejido. A continuación, Morgan Freeman Obama concluía su discurso presidencial con una frase de agradecimiento a los miles de americanos que abandonaban sus casas para liberar al Mundo del integrismo y la tiranía ayatollah:

—Los palos y las piedras pueden romper nuestros huesos, pero las palabras rompen todos los corazones.

12 marzo, 2014

QUÉ MÁS DA


Bueno, bueno, bueno. Esta niña es tonta. Al final me mancha el chaquetón y la tengo que agarrar de los pelos. Juventud, divino tesoro…, verás, que como me hagas abrir la boca no sé como va a acabar esto… ¡Corchos! Ya me perdido otra vez… En fin, ni siquiera me estaba gustando; tanto Aureliano, tanto Arcadio… ya no sé ni de qué iba la historia. Y estos aparatos, de verdad, donde esté un buen libro que se quiten los nerbuc, hombre, por Dios… De verdad, oye, qué fatiga de Navidad, de regalos y de todo… Sigue leyendo, anda, sea por mirar a algún sitio… Al loro esa tía. Qué fuerte…, si le está babeando tol bolso a la vieja. Un poquito de orgullo propio, coño, y de autocontrol. Es que, ojo, qué castaña… Oy, oy, la hostia…, que me parto en cuatro, ¡qué jaleo lleva encima! Ésta se queda dando vueltas en la línea seis hasta mañana, verás. Vaya tela, vaya tela con la gente... No me la pego yo un martes desde hace yo qué sé. Puff, y ésa… Vaya cogorza lleva la amiga. Se lo ha debido pasar de miedo esta noche. Espera, si estamos a… ¿miércoles? Los martes son los nuevos jueves, Nacho, te estás haciendo viejo. Tienes que salir más… Bueno, bueno, pero si casi se sienta encima de la señora. Vaya trufa lleva... A que saco el iPhone y la grabo. ¡Toma!, y lo subo a twitter… Joder, es que está buenísima. Con ese vestidito apretado, esas medias… Si, sí, la cabrona está que se rompe. Qué taconazos… Con quién habrá pasado la noche. Desde luego, el pintalabios no se borra solo. Qué barbaridad. Y tan vulnerable, ahí, hecha un ovillo, regalándoseme... es que está para darla. Anda que el menda ese, también es para flipar, si es que…, vaya tela con la people. Qué descaro, se la está comiendo con los ojos, no pierde detalle el cerdo. Claro, ella no se cosca de la misa la media... De qué se va a enterar, si va hecha una mierda. Vamos, esto es…, ahí despatarrada con las tetas medio fuera; como para no estar el otro ahí, bien al loro. Cómo son los hombres, colega. Yo, de verdad… Coño, es que está buena, maja, está que se rompe la rubia. Porque va muy jodida, que sino le digo tres cosas… La señora ni se inmuta, no mueve un músculo, es alucinante. Le falta colgarse el ebook de la frente, o pff, comérselo. Bueno, bueno, que la rubia se despierta… A que le digo cuatro cosas, ahí, con tres pares de cojones… ¡Pero vamos...! Y el viernes me la calzo. Cinco pavos a que se baja en Moncloa. Si no se baja en Moncloa, se baja en Príncipe Pío. Si se baja en la mía, la digo algo… ¿Y si es hetero? Nunca sabes. Está tan sola… Definitivamente, a la señora se le están hinchando los ovarios, tiene toda la pinta. Se va a llevar un guantazo, ya se están mirando… ¡¡Aiba, mi madre!! Cuando lo cuente en la oficina no se lo creen. La cara de la pobre mujer es de #trendingtopic. No sólo la vomita encima, sino que luego va y le regala una rosa falsa. Qué imagen para empezar una mañana, increíble. Será cachonda, la tía… ¡¡¡Buajajajajajaja!!! El borracherón se lo pilló de vino tinto; eso, seguro. Y tú, yendo a clase de FOL, pedazo de sosa… ¿Cuándo fue la última vez que te cayó un martes en festivo, como aquí a la rubia…? Todo por cerrar la fiesta potándole el visón a una vieja. Qué tiempos… Seguro que tiene un montón de amigas y están todas tan buenas como ella. Olvídate, maja, ésta es tu parada. Va, Nachote, échale huevos. Venga, no te lo pienses. Con un par, tío… Que se está yendo, va… No jodas, hombre, si acaba de echar el hígado; no seas crío, anda, cómo vas a llegar tarde al trabajo. Te vas a perder esos pechámenes por pipa y por cagao. Flojo, que eres un flojo. Buah, pero si ya se ha ido. Si, total, ya… Qué más da.

21 febrero, 2014

ESCUELA DE DEMÓCRATAS


Un profesor calvo y chaparro golpea con la regla en la mesa, tratando de acallar el barullo de la clase. En la pizarra está escrita una pregunta: “¿¿¿Qué es la DEMOCRACIA???”

—Chsst, eh… ¡Felipín! ¡Jose Mari! A callar… —les riñe—. Vamos terminando, quedan tres minutos. Voy a salir un momento. No quiero escándalos. Juancar, muchacho, ven aquí. Te sientas en mi sitio y vigilas; al que se porte mal, me lo apuntas en la pizarra.

—A la orden, señor —certifica el muchacho, tenso y repeinado.
Camino a la puerta, don Francisco se topa con dos alumnos sacando punta en la papelera.

—Santiago y Manuel, Manolito y Santi… ¿Qué hacen hablando dos crápulas como vosotros, que estáis siempre a la gresca? ¿Qué tramáis? Venga a sentarse, coño. les riñe.

—Estamos concertando la hora y el lugar para la batalla final, señorísimo —dice Manolito.

—Después de clase, a las cinco y media en la plaza España… —añade Santi, admirando la larga punta de su lápiz—. ¡¡¡A morir de pie!!!

Don Francisco sale de clase enfurecido arrastrando a Santi por las solapas de la chaqueta. Manolito vuelve a su sitio, saca el ABC y se pone a recortar la silueta de Massiel de la portada. Desde el centro de la clase, Juancar se dirige a los demás palpando la regla. —Queridos compañeros, me llena de orgullo y sat…—. Una voz afeminada lo interrumpe desde el fondo. —¡¡Cállate ya, mastuerzo!! ¡Que eres un bobón!

Juancar da un respingo y se va corriendo a la pizarra. —Vale, Blas, te he oído. A don Francisco vas… —Juancar apunta el nombre de Blas—. Cada vez que hables, te apunto un corchete ¿eh? Y cada uno resta un punto en la redacción.

—¿Qué redacción…? —pregunta Blas.

—¿Cuál va a ser…? Pues ésa. —responde Juancar, señalando la pizarra.

—¿Y si no me da la gana de hacerla? ¿Qué tengo yo que escribir lo que opine yo de eso? Esto no es clase de historia, es política. Política de la peor que hay.

—Zi ya lo dice mi madre, metedze en cozaz de política no trae nada bueno… —apunta otro.

—Pues claro, Marianito. Tú, mejor, registrador de la propiedad, o asesor financiero. Algo chuli… —dice Josemari.

—Vosotros es que no atendéis cuando habla don Francisco ¿verdad? Es que seguís en tercero... La redacción hay que hacerla y aprobarla —repone Alfredín—. El que no la escriba, luego no puede votar las reglas de la Pronstitución. Las reglas salen de la votación de los textos, ¡a que sí, José Luis! —Joselu Rodríguez asiente en el pupitre contiguo.

—¿¿¿Cómo…??? —saltan Josemari, Blas y Albertito Ruiz. —¿La JONS-titución? —pregunta este último.

—La Constitución, lerdos. Hombre, por favor... Se trata de votar unas reglas de convivencia para todos los hombres y mujeres de este colegio. Empezando por nosotros, los de esta clase. —explica Felipín.

—Uy, qué redicho…, ¡ni que hubiera aquí chicas! —gimotea riendo Albertito. —¿Y esas reglas, por qué no las escribe don Francisco, que para eso es el director y le pagan?

—Porque eso ya no se vale, Bertín. ¿No ves que esto de la demogracia ahora está hasta en misa? —responde Josemari, a su lado. —Tú tranquilo, hombre. Son tres párrafos, lo hacemos en un periquete.

—Sí, hombre, sí… Pero que a mí no me la dan. Aquí ya nos van a imponer de todo…

El orejudo Manolín camina pesadamente desde la primera fila hasta la mesa de Albertito y le explica algo al oído. Éste asiente, asombrado y sonriente, suspirando. —Si es que sois unos penosos, ahí, toda la clase venga a escribir sandeces… —añade Blas desde la esquina, dirigiéndose al grupo de Felipín.

—Conciencia de clase, gilipuertas. Que no sabéis lo que es eso. Ya vendréis, ya… Y no os dejaremos ni las migas del bocata —contraataca Joselu Rodríguez, arengado por Alfredo. Sentado delante, Felipín se acerca a Joselu y le explica algo al oído. Éste alza las cejas asombrado, asintiendo con gesto pensativo.

En primera fila, Adolfito permanece neutro y concentrado, ajeno al griterío de sus compañeros. Adolfito practica la caligrafía de su firma una y otra vez en la esquina del pupitre hasta rayar el barniz.

Juancar pide silencio vanamente en el centro de la clase; primero, alzando insuficientemente la voz  entre las pandillas; y después, apuntando en la pizarra los nombres de los implicados. El ruido aumenta por momentos, Juancar persiste infructuosamente en sus intentos por acallar la clase. —Ehm… Esto… A ver… Oye, chicos…  —balbucea, no sabe cómo hacerse oír— ¿¿...por qué no os calláis??

Los muchachos hacen caso omiso a las órdenes del delegado de clase, que finalmente opta por acercarse al pupitre de su amigo Adolfo, a ver qué anda haciendo.

Las bolas de papel cruzan la clase de derecha a izquierda y viceversa, en un vaivén de salivazos que se corta de inmediato al sonar la puerta de la clase. Entra don Carlos, el jefe de estudios, con gesto de infinita gravedad.

—Muchachos… don Francisco… ha muerto. El hombre de excepción que, ante Dios y ante la APA, asumió la responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a este colegio, ha entregado su vida, día a día, en el cumplimiento de esta misión: educaros con el fin de que, el día de mañana, seáis vosotros los conductores de la carabela patria…

—¡¡¡Arriba!!! —vocea Blas, y collejea a Mariano, sentado delante.

—…y digo el día de mañana —prosigue don Carlos— porque, dadas las circunstancias, y ante la falta de profesor, serán ustedes enviados directamente al Bachillerato a partir de mañana mismo, sin pasar por B.U.P. ni hostias.

—Un momento, señor Arias —interrumpe Juancar—. Pero esto es un colegio. Un college, un lycee, una escuela. Aquí no hay Bachillerato…

—Qué ojo de lince tiene usted, don Juan Carlos. Lleva toda la razón. Aquí Primaria y poco más. A partir de mañana, deberán todos acudir a clase a la Carrera de San Jerónimo, frente a la plaza las Cortes. No se olviden de llevar corbata, estilográfica y portafolios. Y bien peinaos. Ah, y dígale a su padre… —concluye don Carlos, volviéndose a Juancar— …que la Dirección del Centro solicita urgentemente una reunión con su persona, en el marco de estas terribles circunstancias que nos sobrevienen. 

15 febrero, 2014

CUARTO Y MITAD


La reina caminaba por el bazar rodeada de su séquito de costumbre cuando algo le vino a la mente, deteniéndose ante el puesto del carnicero, lleno de moscas y vísceras y mutilaciones colgadas.
—Sírvase su Majestad cuanto disponga —dijo el carnicero, en tosca reverencia.
—Lomo de puerco embuchado se me antoja, vasallo. Caña de lomo íbera, de la mejor que tenga —contestó la reina, oprimida por un sofoco repentino.
El tendero sacó de la vitrina un grueso bastón de lomo y lo estampó contra el mostrador.
—¿Cuánto quiere, más o menos…? ¿Así de grande…?
—Un poco más… —contestó la reina, ante la perplejidad de su séquito.
—¿Así está mejor, ilustrísima? —dijo el tendero, abarcando unas pulgadas más de lomo.
—Con su permiso, Majestad, no sé si la Santa Sede vería con buenos ojos semejante mazacote de carne en manos de una sola reina… —repuso el obispo.
—Apure más, tendero, que después, despellejado, se queda en nada, y acaba una pasando un hambre…
El carnicero arrastró el cuchillo un poco más, aguantándose una risilla pícara.
—…y no se escandalice vuestra merced, señor Obispo, que me sobran indultos —apuntilló la reina, mirando de reojo al clérigo—. Buenos corderos vaticanos se meriendan los prelados, no privándose en la mesa de vicio alguno, para acabar de madrugada, todos reunidos, en la angosta oscuridad del confesionario…
El carnicero cortó una de las puntas del lomo, apurando al máximo. —Así le plazca, Majestad. Cuarto y mitad de lomo bien durito, bien curado, de la sierra de Cazorla —la reina ya se marchaba, sin pagar, agarrando bien fuerte el embutido—. ¡¡Para su real disfrute…!!

ROSAURA


Aura guardó el edredón en el armario y volvió al dormitorio para terminar de hacer las maletas para su muerte, para la que aún faltaban tres semanas y un día.
Sacó las maletas al patio de atrás y las prendió fuego junto con algunos libros viejos y una fotografía de una niña abrazada a un apuesto soldado.
*
Con ese aspecto lúgubre que otorga el luto, Aura hojeaba pensativa una biblia de bolsillo, ajena a la cháchara circunstancial del taxista. A ratos, echaba la vista por la ventanilla, paseándola por los trigales y las arboledas, las otras carreteras y los nubarrones avanzando en formación.
Un puntito de sangre brotó de una fisura minúscula en el dedo índice de Aura, que se había perdido entre aquellas nubes negras que afilaban el horizonte a su paso. La verborrea del taxista cesó de golpe al detener el coche frente al gran portón electrificado que daba acceso al recinto.
*
Un cristal de un palmo de grosor dividía ambas salas: una diáfana, revestida de azulejos negros, con una silla en el centro; la otra, enmoquetada y con perfume a lavanda, disponía de una gradilla de unos diez o doce asientos, con botellas de agua y pañuelos a los lados.
Aura se sentó en el centro, rodeada de desconocidos. Estrechaba la biblia con fuerza entre sus manos reumáticas, imponiéndose a las lágrimas y a las miradas de soslayo. De pronto, se apagaron las luces de la sala.
Al otro lado del cristal, Rosita avanzaba a paso lento hacia la silla, neutra como un folio en blanco, custodiada por dos hombres de uniforme: uno con pistola y otro con sotana. “Mira que es guapa la condenada” se dijo Aura. “Incluso así. Tan flaquita, tan menuda… Tan joven”. Luego clavó su vista en el hombre de hábito, pecando deliberadamente de pensamiento mientras él santiguaba con aire rutinario a la joven Rosa. “Mi pequeña flor…” se repetía Aura en lo que le ajustaban las correas.
Una lágrima valiente desfiló por las arrugas de Aura, que no apartó la mirada hasta la última convulsión. Acto seguido abrió la biblia, extrajo una pequeña cuchilla y se la pasó por las muñecas, la vista clavada en lo alto y las manos chorreando.

MI QUERIDA SVETLANA


Por fin te escribo. Llevo semanas sin quitarme esto de la cabeza y ha llegado el momento de abrirte mi corazón definitivamente. Creo que no he sido muy claro en mis intenciones y me siento en la obligación de informarte como es debido. Creo que ha llegado la hora de dar un paso más y formalizar un poco todo esto, yo me siento más que preparado y espero que tú también.

Ya sé que no te gustan las flores, ni los bombones, ni los pintauñas del Mulaya. Tampoco te gustan los retratos a carboncillo, ni los paraguas de Hello Kitty, ni el café con azúcar. Entendido todo eso. Joder, café sin azúcar… Bueno, que ya lo he asumido y no me importa. No me enfado. Deben ser excentricidades de tu cultura y yo las respeto a muerte, con dos cojones.

Pero una carta, Svetlana, una carta no puede no gustarte. ¿En qué país del mundo no es una carta lo más romántico que puede recibir una mujer de un hombre? Huélela, le he echado unas gotas de Brummel.

Te escribo porque hoy es San Valentín, patrón de los amantes, los apicultores y los epilépticos. Déjame entrar y charlamos cuando no tengas clientes que atender. Si es que sí, estoy en la acera de enfrente. No tienes más que levantar la mano. Sino entenderé que no quieres verme, pero que sepas que me vas a romper el corazón. Y ya no volvería nunca más, ni a hacer fotocopias ni a recargar el móvil ni a nada.

Siempre tuyo,
Anónimo

06 febrero, 2014

MALDITOS AFORTUNADOS




Anochece en el subsuelo. Rostros cansados tiran de maletines y mochilas, camino de la fila que los lleva a casa. En el Intercambiador de Avenida de América siempre es de día. Para otros, todos los días es de noche. Supongo que depende de si vas o vienes.


Un manto negro se transforma bajo el hormiguero; estirándose, contrayéndose, volviendo al principio. Nos deslizamos veloces y estáticos por las escaleras mecánicas, en itinerarios mecánicos, con reflexiones mecánicas. En realidad, no se produce ningún intercambio.
No es apatía, no es egoísmo ni misoginia; parece simplemente cansancio. Cansancio crónico, denso y oscuro como el hollín que se acumula en las paredes y en los conductos de ventilación. Los más neuróticos detectan el nerviosismo oculto bajo el agujero, tensión entre dos hombros que chocan para no volverse, para pasar de largo y franquear los tornos mirando la hora, como en modo avión, como de vuelta de todo.

Llega mi autobús, el mío, el de mi barrio. Para algunos el nacionalismo va por barrios. Mermelada de patrias en dársenas abarrotadas como congresos de la ONU, sin micros ni vasos de agua, sólo frases metálicas chillando en altavoces contra nuestros oídos sedados.

La muerte hace campaña electoral con los rostros derrotados de los supervivientes al transporte público diario. El cansancio de espíritu se propaga como pesticida a través de las miradas furtivas, involuntarias, que se cruzan por un segundo para distanciarse, quién sabe cuánto, hasta mañana. Subiendo o bajando, casi siempre dejándonos llevar por ese traqueteo febril que te invita a ensimismarte, a pensar profundo, si acaso te quedan fuerzas.

El autobús, un remanso de paz con olor a sobaco gigante. Los cristales resplandecen borrosos con los restregones grasos del cabello de quienes llegaron a casa un poco antes. Malditos afortunados… Un segundo más en esta jaula de halógenos y empiezo a matar gente inocente.

01 julio, 2013

NOTAS VERANIEGAS




                  El subconsciente es un bolsillo
                  donde está lo que yo busco.

                  El problema es que
                  cuando meta la mano
                  desaparecerá.


                                                      *


                  La ciudad es un tablero
                  roto en la basura,
                  los policías, perros
                  mordisqueando ternilla
                  en callejones oscuros.
                  Rodean a las putas
                  y las violan.
                  Las desahucian,
                  desahucian a sus hijas,
                  a sus madres.
                  Las ponen coronas,
                  no de espinas,
                  coronas de flores
                  fúnebres.

                  La poli enculando,
                  dilatando al vulgo
                  por toda la ciudad.
                  Un silbato grita
                  desde la torre
                  marcando el
                  compás.


                                                      *



                  Suénate los mocos.
                  Suénate el cerebro
                  si hace falta,
                  que nunca
                  falte el ruido
                  entre tus
                  orejas convexas,
                  tus orejas
                  mojadas.


                                                      *



                  No existe la palabra exacta
                  Ni el recuerdo exacto
                  Ni el juez exacto
                  No hay esperanzas
                  ni amores exactos.
                  Solo pactos.